Una etapa en la que nuestros progenitores
eran como seres perfectos,
llegando a creer que eran dioses
por los que no pasaba el tiempo y sin defectos,
sus enseñanzas eran una ciencia exacta,
acatando sus órdenes como preceptos.
Los momentos de juegos,
eran una ventana a la imaginación
en los que cabían infinitas posibilidades,
nuestros hermanos o amigos, cómplices de la diversión,
como única preocupación, ser dueños de ese micro-mundo,
no siendo conscientes de que sería arrebatado sin compasión.
Un tiempo pasado
al que nos aferramos
con dulces y tiernos recuerdos,
retales de momentos que no olvidamos,
una lucha a la que la memoria se enfrenta,
para dejar paso a lo que antaño añoramos.
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