Puede ser el sufrimiento más atroz
el que se esconde
en lo más profundo de nuestro ser,
el que nadie puede subsanar,
el que nadie puede ni imaginar,
el que uno ni se atreve a contar.
Se intenta paliar
en constante letargo
en un atisbo de cordura,
ese daño tan ominoso,
ese secreto lastimoso,
ese tormento nada pretencioso.
Una tortura sin ápice de consuelo,
sin alivio en el desahogo,
una herida incurable
que sume en la amargura,
que no se libera de atadura,
un enlace sin ruptura.
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