Los mundos flotantes de la raza Tolgi, eran prácticamente mero desecho espacial, apenas quedaban unos pocos restos esparcidos. Una mísera muestra, de lo que antaño habían sido las flamantes porciones rocosas, que les dieron cobijo durante milenios Khalis.
Tanto los Mods, como los Orix, aterrizaron sus astronaves en un claro. Emperazon a inspeccionar la zona, atónitos ante tal desastre. No lograban comprender como una raza tan pacífica había sido atacada sin ningún ápice de compasión.
No muy lejos, casualmente encontraron a Dala, la líder Tolgi. Aunque no tan casual, porque sus hermanas la habían mantenido oculta en una cueva durante la ofensiva. Con gesto lánguido y casi sin vida, intentaba ponerse en pie para ir a su encuentro. Pronto acudieron a socorrerla dándole de beber Len, el valioso líquido que emanaba de los árboles, no solo por su capacidad de inhabilitar los circuitos de los Naghum, sino también, porque era el fluído que mantenía con vida a las mujer-planta Tolgi. Fue Os mismo quien llenó sus manos de Len y le dió de beber. Dala daba pequeños sorbos, pues las fuerzas que le quedaban eran las justas. En breve, ésta empezó a recuperarse, resurgiéndo con fuerzas renovadas. Lo que colmó de alegría a todos, pues tenían vanas esperanzas de poder ayudarla.
Entretanto, veían la desolación a su alrrededor, sin poder discernir si el aire estaba viciado a causa del humo de la vasta flora arrasada por el fuego o si se ahogaban por respirar su propia angustia al ver aquella grotesca escena. También el agua de los riachuelos, antes clara y cristalina, ahora se veía oscurecida por las cenizas y por la sabia de las hermanas Tolgi derramada. Solo unas pocas habían quedado con vida, pero las fueron econtrando a medida que avanzaban.
Dala ya más repuesta, junto con sus hermanas, explicaron a los Mods y Orix, quienes eran los causantes de la irrupción. Toda aquella devastación había sido obra de los guerreros Thanox, otra raza tan temida como los Naghum, solo que éstos no era por su afán de tecnología sino por su deseo de conquista, era para ellos como un juego el acumular mundos.
Los Thanox eran soldados aguerridos, preparados en las artes de la guerra, su sed de sangre no tenía límites. Consideraban que cuantos más seres aniquilasen, más fuerte era su valía, cada muerte era para ellos una medalla. Eran despiadados y preparados desde temprana edad para la contienda. Sus cuerpos prácticamente se ocultaban tras una robusta armadura, su cabeza la cubría un casco del que sobresalían dos grandes cuernos, en los que solían colgar los cráneos de sus víctimas cual trofeo.
El arma que empleaban era un hacha, una en cada mano, la hoja estaba forjada con una aleación de candor y mir, dos minerales muy preciados de las minas del planeta Amantha, los cuales conseguía la raza de los Naghum para sus fines tecnológicos y que, los Thanox conseguían negociando con ellos en las estaciones de comercialización que se distribuían a lo largo del universo Khal. Eran unos minerales que conferían una resistencia extraordinaria a cualquier arma que complementase.
Un Thanox no caído en batalla, pero que hubiese perdido en la misma, ya no podia volver a entrar en combate. Cualquier derrota era considerada una deshonra. Muchos no aceptaban este hecho, tanto era así, que solían abocar al suicidio. Esa criba a los guerreros por parte de los comandantes, determinaba que solo los más fuertes volviesen a la guerra. Haciendo así que sus efectivos hiciesen honor al término.
Los mundos flotantes de la raza Tolgi fueron por tanto arrasados indiscriminadamente y sin resistencia alguna, al igual que prácticamente todos los seres que los moraban, solo unas pocas Tolgi que habían permanecido ocultas junto con Dala, sobrevivieron.
Os se vió obligado a querer ayudarlas en deferencia a cuan generosas habían sido ofreciéndoles cobijo en sus mundos. Lo primero que debían hacer, era reestablecer la vasta vegetación que antaño vestía los campos. Para ello fueron esparciendo a lo largo y ancho de aquellas tierras las semillas que albergaban las Tolgi en sus turbantes. En pocos días Khalis quedó todo regenerado de nuevo y casi todo volvía a la plenitud y armonía de siempre. Había resurgido de la tierra una flora frondosa con todo su esplendor, al igual que nuevas hermanas Tolgi. Dala y las demás que habían sobrevivido estaban pletóricas al ver de nuevo renacer su raza.
Los Mods empleando la telequinesia y haciendo uso de los materiales de aquellos mundos, edificaron viviendas en las que establecerse, tanto ellos, como los demás seres. Éstos pese a estar acostumbrados a vivir en mundos de hielo, se adapataron al igual que el resto a aquel entorno, es más, les ayudaba a entrar más profundamente en sus meditaciones, llamadas Zíon, estados de letargo regenerador y vitalizante, con los que mantenían sus capacidades de telepatía y telequinesia intactas.
Ahora ya lucían los mundos de las Tolgi con toda su belleza, era como un cántico a la vida. No eran mundos en lo que hubiese fauna, pero su vegetación era exuberante. Los riachuelos cobraban fuerza colmados de nuevo de aguas cristalinas, aguas que por la noche, reflejaban parte de las lunas del planeta minero Amantha. Las flores Narsha, con grandes corolas brillantes y estambres transparentes como diamantes, iluminaban con sus destellos más si cabe. Los árboles Pantho, que acumulaban Len en sus raíces, de bien sabidas sus muchas propiedades, ascendían fuertes y vigorosos. Era un enclave de ensueño, un vergel que no esperaban encontrar aquellos seres de Agia.
Todos tenían un hogar a parte de ellos, los dioses en la nebulosa de los Noix y los Akon en el planeta incandescente de los Kornos.
Ocro y Ori estaban en perfecta sincronía con los Noix y los Akon hasta el momento, en el mundo que habían usurpado, ya que, algo irrumpió su paz.
Los Akon divisaron aproximándose a la órbita del planeta una silueta inmensa. Al momento pudieron intuír que era un ser Korno de grandes dimensiones. El pánico hacía mella en sus rostros, perplejos ante tal imprevisto. Por aquella forma que vislumbraban, todo hacía presagiar que era la madre de los Kornos que contaban tan solo con unos días Khalis a los que vilmente habían exterminado. Su abdomen estaba muy voluminoso, por lo que, era previsible que trajese más crías Korno en su vientre para depositarlas en el interior del planeta ardiente que empleaba a modo de incubadora.
Los Akon prepararon sus astronaves para el más que probable ataque.
Cuando la madre Korno se dirigió hacia ellos y vió una sucesión de objetos idénticos y extraños a sus ojos y no quedar ni rastro de sus pequeñas crías, su furia y enajenación fue tal, que comenzó a expulsar por su boca grandes cantidades del líquido verde y espeso, que ya en su día habían lanzado sus vástagos en una desesperada y paupérrima defensa.
En esta ocasión gran parte de las naves Akon fueron inhabilitadas y muchas otras disipadas y parte de ellos perdieron la vida debido a aquel fluído tan corrosivo y en proporciones ingentes. Las cosmonaves Akon todavía operativas, lanzaron Ang con sus cañones. Fueron necesarios sucesivos disparos, puesto que el cuerpo de la madre Korno, estaba recubierto de una fuerte coraza.
Pero finalmente pudieron abatirla, quedando extinguida de un modo sumamente cruel, la raza Korno por ellos conocida.

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